Como comentaba en la entrada anterior, la comida (a excepción de la cena de bienvenida en Honolulu) no fue muy buena. Mucha comida rápida y mucha… grasa. Me resistí los primeros días pero no podía vivir de piñas…. y en el acuario me comí mi primer hot dog y de ahi siguieron varios más hasta que me enfermé del estómago. Afortunadamente sólo fue un día el malestar.
De Maui siguió Kona. Tenía ilusión de llegar a esa isla porque tenía programadas dos inmersiones de buceo. La cita era en el teatro del barco a las 7:30 am. Llegué super puntual, aletas, máscara y snorkel en mano. El teatro como todos los días estaba a temperatura de cámara fría y con mucha gente, lista para ir a otras excursiones.
Empezó el coordinador a decir: “levanten la mano los que van a…” y levantaban la mano 20. Ahora “los que van a tal” y otros 20. Ahora los “buzos certificados” y yo era la única ñoña. Me empezaron a dar muchos nervios porque no llevaba pareja de buceo. Total, cuando volvió a preguntar ya éramos como ocho. En esa isla particularmente el barco no tocó puerto, sino que en una lancha te llevaban a la ciudad. Ahi empecé a checar a mis compañeros buzos. Señores en su mayoría (mayores) y una pareja de canadienses recién casados. Los nervios seguían. Apenas tocamos tierra nos dieron todo el papeleo para firmar -si, si te matas ellos no se hacen responsables por ser un deporte extremo- y volvieron a checar las certificaciones.
Nos subimos en una van para ir a donde estaba la lancha que nos llevaría a la locación. Yo seguía muerta del nervio. Subimos a la lancha -de primer mundo, la verdad- y empezamos a ponernos el wet suit. Hasta que dije, creo que no bucearé porque no tengo pareja de buceo (éramos nueve). Eso fue lo primero que debí haber dicho, porque todos monísimos me prometieron cuidar, y lo mejor, mi pareja fue el Dive Master. De camino varios delfines ¡nadaron al lado de nosotros! eso nunca me había tocado y se me hizo como buen augurio. Lástima que no se dejaron ver en el fondo.
La primera inmersión fue de 70 pies. Lo más profundo que he buceado, son como 21 metros. Estuvo muy lindo pero les confieso que no fue nada del otro mundo. Nuestros lindos litorales mexicanos son mucho mejores y con más colorido. La presión y la corriente estuvieron muy fuertes, como consecuencia, me lastimé un poco el oído. Cuando subí, al quitarme la máscara sentí muy mojada la cara, y me limpié con el brazo. Vi que me estaba sangrando la nariz. Empecé a gritar: “I AM BLEEDING, I AM BLEEDING!!!” (y como loquita, por supuesto) y el Dive Master me dijo que era normal. Luego salió la señora de Missouri también sangrando y la canadiense igual. Dije, que viejas tan sangronas jajaja.
La segunda inmersión fue a 50 pies. Ya hubo más fauna marina, incluido un pulpo muy simpático. Pero insisto, nada fuera de serie. Pero ya tengo la experiencia de haber buceado en Hawaii.
De regreso, me mareé tanto que tuve que “cantar Oaxaca”. Para eso pregunté que si tenían bolsitas de mareo y me dijeron que el mar era mío. Asi que los peces se comieron el plátano reciclado que tuve por desayuno.
Después de llegar a tierra, me fui a la farmacia a comprar gotas para los oídos que me recomendó el Dive Master. Me encantó el pueblito. En el malecón se ven las tortugas enormes y hay muchas tienditas para comprar recuerdos y cosas para surfear y para bucear. Yo me compré collares, aretes y una mochila que se que generará envidias en mi próxima expedición de buceo.

Desafortunadamente he preferido comprar zapatos a una cámara submarina, asi que no tengo fotos. Pero si de la isla y de mi recién salida del mar.


Continuará…